¡A DETENER LA DEFORESTACIÓN!
El grito de auxilio de Al Gore

“Muchos los problemas, una la solución: economía mapuche de subsistencia” dice Nicanor Parra en uno de sus artefactos. Tal vez sea necesario llegar a ese punto, pero que algo hay que hacer, y rápido, lo tienen claro hasta los amigos de Bush (que cada día son menos).

Es cierto, no somos los grandes contaminadores del planeta. Por el contrario, contamos con bosques nativos que son importantes pulmones de la pobre madre tierra. Todos saben, sobre todo después de la verdad inconveniente lanzada por Al Gore a todos lo vientos, que lo del cambio climático es serio.
Que se están derritiendo los polos, que los mares cada vez más calientes aumentarán la fuerza de los huracanes y anegarán vastas áreas, incluida Manhattan (mi computador corrige solo y pone Maniatan…). Ya no es cuestión de ecologistas—unos cuantos “exagerados” que denunciamos el asunto hace tantos años—sino que de economistas. La debacle, dice Gore, será peor que la de los años 30. Millones de refugiados yendo de aquí para allá en medio de hambrunas, sequías, terribles sufrimientos.

Se sabe que los bosques naturales pueden contribuir a aminorar el problema. Por todos los medios hay que detener la deforestación, advierte el ex vicepresidente norteamericano, y Chile no sólo no hace nada respecto de sus bosques sino que incentiva su sustitución por plantaciones exóticas.

El Protocolo de Kyoto, ese mismo que el máximo contaminador, los Estados Unidos, aún no suscribe, inventó un complicado sistema para contaminar pagando, a través de los bonos de carbono. Poco ético, en términos absolutos, pero es lo que el sistema aprobó y varios países sudamericanos, como Costa Rica y Bolivia, están apostando a esos bonos para conservar sus bosques. Chile, con trece millones de hectáreas de vegetación nativa, según el Catastro, no acierta a proteger su valioso recurso natural.

En catorce años los gobiernos de la Concertación no han sido capaces de sacar una ley de bosques que apoye la conservación y la recuperación del bosque nativo. Todos los Presidentes han prometido que durante su mandato habría ley y bonificaciones para pequeños y medianos propietarios.

En sus manos está la mayor masa de bosques, aunque dispersa y maltratada, y se requiere urgentemente apoyarlos para detener la constante deforestación. Los últimos ministros de Hacienda han ofrecido sumas irrisorias, como máximo 5 millones de dólares anuales, para los subsidios de una ley estancada que, además, no cumple con los requisitos mínimos para asegurar la protección del bosque.

No habla de sustitución, para que los productores de frutas puedan seguir raspando los cerros con bosque esclerófilo y lo reemplacen por millones de paltos, que cuando el mercado decida, dejarán de ser regados y se instalará la erosión.

Es tan raro que gente preparada e inteligente, como se supone son los Presidentes de la República y sus ministros, no le den al bosque nativo la importancia que le dan los organizaciones ciudadanas y científicas chilenas y extranjeras, que lo califican como un verdadero tesoro en peligro.

La visión cortoplacista es la que ha jugado en contra. Invertir en bosques es como invertir en bonos de mediano y largo plazo. Una inversión país, que podrá recuperar su masa forestal y contar, en treinta años más, con bosques importantes, aptos para un buen manejo, fuente de trabajo para mucha gente. Porque sin duda es también una inversión social: desde el comienzo disminuiría la fuerte cesantía de las regiones del sur. Y colaboraríamos a detener el desastre anunciado.

Malú Sierra