EL APETITO DE LAS PLANTAS DE CELULOSA CHILENAS
DEVORAN PARQUES NACIONALES EN ECUADOR

Es cierto que Chile tiene una legislación ambiental débil y que demasiado a menudo se cometen abusos y se aprueban proyectos productivos peligrosos para los ecosistemas naturales y para la salud humana. Pero debemos estar conscientes que este tipo de situaciones desgraciadamente son compartidas con la mayor parte de los países latinoamericanos.

El Parque Nacional Cotopaxi, en la sierra ecuatoriana, a 80 kilómetros al sur de Quito, alberga al volcán del mismo nombre, un coloso de casi 5.000 metros de altura coronado por la nieve y que se encuentra activo. Hasta hace diez años, el Parque protegía también miles de hectáreas de bosque nativo ecuatoriano, que se conservaba a los pies del volcán, una vegetación escasa en la zona debido a la enorme altura.

Sin embargo, a mediados de los 90, el recordado Presidente Abdalá Bucaram, que sin duda destacó más por sus histriónicas presentaciones en mitines políticos que por su actuación al frente del gobierno, cambió radicalmente esta situación.

Por la vía de un decreto aumentó significativamente la altura a partir de la cual se inicia el terreno de protección, hasta dejar prácticamente sólo el macizo como parte del Parque, dejando fuera la mayor parte del ecosistema al que está asociado.

A poco andar, los terrenos fueron no sólo vendidos sino también talados y plantados con pinos y eucaliptos. Hoy se inician las primeras cosechas de estas plantaciones, y según señalan los habitantes del lugar, el destino no sería otro que las plantas procesadoras de pulpa de Chile.

Para nadie es un misterio que estas plantas se construye cada vez a una mayor escala, pasando en apenas quince años de capacidades de 100 ó 200 mil toneladas de producción a 800.000, como es el caso de la cuestionada Planta Valdivia, en San José de la Mariquina.

El abastecimiento de colosos de esta magnitud se ha convertido en un verdadero problema y ha obligado a las empresas a ampliar sus horizontes, sobre todo si se consideran las presiones de la ciudadanía para que tanto Arauco como CMPC, las dos mayores del rubro, mejoren sus prácticas de manejo y, por ejemplo, no compren madera de plantaciones que hayan sustituido bosque nativo.

Pero esta búsqueda no debe terminar en la destrucción de ecosistemas en otros países del continente, haciendo allí lo que ya no pueden hacer en Chile. Este verdadero atentado ambiental es una exportación no tradicional que debiera avergonzarnos como chilenos. No podemos permitir que los grandes conglomerados económicos del país tomen ventaja de los gobiernos corruptos e ineficientes de la región para aumentar aún más sus fortunas.

Ahora, aunque de Abdala Bucaram quede sólo un recuerdo borroso, su nefasto legado lo sentirán por generaciones en los alrededores del Cotopaxi.

Paulina Vera P.